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domingo, 10 de octubre de 2010

Mi profesora favorita [Parte III]


Cuando Gonzalo despertó, el crepúsculo ya asomaba su presencia, las horas se habían pasado rápidamente. Él pensó que sus padres lo castigarían por llegar tarde a su casa, pero no fue así, de hecho, no se habían dado cuenta que estaba fuera, y no era la primera vez que eso sucedía. Al entrar en su habitación, se miró en el espejo y dijo: “¿Por qué no puedo ser más grande? Si tan solo tuviera más años todo cambiaría”, pero tristemente se dio cuenta del crudo presente. Sin más que seguir lamentándose se recostó en su cama, abrazó su almohada y se quedó nuevamente dormido.

El cantico de un ruiseñor lo despertó a la mañana siguiente. En el camino a su escuela parecía encontrarse con dragones y brujas, pero ya nada importaba, no había por qué temer, pues no hay nada más doloroso que el sufrimiento del corazón. Aquel niño lleno de vida quedó atrás, su caminar se volvió lento, su mirada siempre estaba atenta a sus pasos, dejó de preocuparse por él mismo; ni si quiera se peinaba, y su semblante poco a poco fue entristeciendo. Ya no le importaba nada, ni siquiera ella, aquella que fue la inspiración de sus ilusiones y sueños infantiles se convirtió en una fantasía inalcanzable.

Sandra, su maestra, notó los cambios que Gonzalo había empezado a mostrar, la situación del pequeño era tan evidente que incluso llegó a perjudicar su desempeño académico. No entregaba tareas y no hablaba con nadie. Ante tal situación, tuvo que conversar con él, y lo hizo en uno de los tantos recesos en donde todos los niños salían a jugar. Se acercó a su banca, y le dijo: “Hola Gonza”, él no respondió, pero ella continúo insistiendo: “¿Por qué no sales con tus demás compañeritos? Si quieres voy contigo, ven, anda”, pero no obtuvo nuevamente una respuesta, el caballero del pupitre no dijo absolutamente nada, y en la profesora nació un sentimiento de preocupación.

Al terminar la jornada escolar, Gonzalo guardo sus libros en blanco y cargó en su espalda la pesada mochila con la figura de Snoopy, no había salido del salón cuando tropezó y cayó de rodillas al suelo. Torpemente se levantó y siguió su camino, fue entonces que Sandra lo detuvo, y con la gracia que la caracterizaba se agachó y ató las agujetas de esos tenis con luces de colores. Ella le sonrió y el pequeño no pudo soportar aquel dulce rostro que lo miraba. Sus ojos se llenaron de lágrimas y corrió para alejarse de su amada. Su maestra no comprendía realmente qué era lo que sucedía.

Apenas había llegado Gonzalo a su casa cuando de pronto sonó el timbre, ¡Vaya sorpresa!, era ella, si, la profesora favorita de ese niño estaba en la puerta. “Hola Gonza, ¿Está tu mamá o tu papá” – le dijo, y él respondió: “No, no han llegado de trabajar”, “¿Puedo pasar? Quiero hablar contigo”, y tímidamente le dijo que sí. Una charla acerca de la preocupación que Sandra sentía al observar a ese muchachito tan cambiado los entretuvo un gran rato. Una insistencia en saber qué le pasaba cortaba el ambiente. Él no sabía qué hacer, por un lado, podía confesar su amor, pero por el otro, un regaño imaginaba en su infantil cabeza. Con la mirada al suelo, casi temblando, sollozó: “Me he enamorado de usted”.

sábado, 26 de junio de 2010

Mi profesora favorita [Parte II]


Después de ese tierno abrazo que Gonzalo había propiciado a su profesora, ella simplemente pensó que era un saludo, pues ¿qué tipo de relación se puede esperar de una maestra y un alumno viviendo en plena infancia? Sin embargo, para el caballero del pupitre del salón, ese abrazo significó tocar un ángel y darse cuenta por primera vez que no sólo las flores despiden bellos aromas que dan satisfacción al olfato.

En cuanto a la rosa, la maestra se quedó realmente admirada por su hermosura, la colocó dentro de un jarrón con agua y lo puso en su escritorio. Gracias Gonza, vente, esperemos a tus demás compañeros – le dijo la profesora –. El pequeño niño no podía ser más feliz, e inconscientemente se le dibujó una sonrisa en su rostro. La jornada escolar transcurrió tranquilamente, todos trabajaban, pero nadie se podía percatar que una fiesta de fuegos artificiales se celebraba en lo más profundo de aquel inocente enamorado de su maestra.

Cuando llegó la hora de salida, los niños se dieron prisa en guardar sus cuadernos y libros en su mochila, excepto Gonzalo. Él se tomaba todo el tiempo del mundo para poder acompañar a la princesa de sus cuentos a la puerta de su escuela, y al no imaginarse lo que su pequeño estudiante sentía, ambos se decían adiós mediante un inocente y cariñoso beso en la mejilla. Cual fue la sorpresa para el pequeño cuando de la nada apareció un auto bastante lujoso conducido por un joven trajeado y sonriéndole a la maestra, lo peor, era que ella devolvía el saludo con un beso y subió al auto, alejándose y perdiéndose entre las calles.

Gonzalo estaba destrozado, una leve brisa movía sus cabellos y de sus infantiles ojos brotaban lágrimas que escurrían y lavaban el beso que le había dado su profesora favorita. Sus impulsos lo forjaron a correr lo más rápido que podía, el tiempo se detuvo y en su mente sólo estaba presente aquella imagen tan dolorosa. Corrió hasta llegar a un paraje alejado de todo, en donde había una gran cantidad de arboles y un pequeño riachuelo que bajaba de las montañas.

Nuestro caballero que disfrutaba de aquellas historias de fantasía simplemente se recostó entre la hierba y lloró como nunca antes, en tan poco tiempo había conocido la dicha de su primer amor y en tan poco tiempo ese amor también le había destrozado el corazón. Los minutos pasaron, y poco a poco fue entrecerrando sus ojos, pero antes de quedarse dormido, débilmente, casi sin voz, se dijo: “¿Por qué?”.

sábado, 1 de mayo de 2010

Mi profesora favorita [Parte I]


Cuando somos niños, tenemos el gran libro de la vida a nuestros pies, y depende de cada uno de nosotros que éste se vaya llenando con nuestras experiencias, nuestros miedos, nuestras alegrías, nuestras tristezas y, por supuesto, de los primeros instantes en que conocimos el cariño y dijimos por vez primera “TE AMO”.

Gonzalo cursaba el tercer año de primaria, tenía 8 años, un niño como cualquier otro, pues le fascinaba jugar con sus amigos, ver la programación de sus dibujos animados favoritos, pero, había algo que le llamaba mucho la atención, y era la lectura de aquellos cuentos en donde el valiente príncipe lucha contra dragones, brujas y hechiceros para rescatar a su princesa. Él, en su mentalidad de niño, soñaba con algún día enfrentar todos los seres medievales que aparecían en las lecturas que lo trasladaban a su pequeño mundo de fantasía y poder rescatar a su princesa, a su amada.

Cuando su antigua maestra se cambió de ciudad, Gonzalo pensó que era lo mejor que le había podido ocurrir, pues ya no tendría que ver a esa mujer que a simple vista daba terror, pues era gruñona y siempre encontraba la forma de regañar a sus compañeros, especialmente a él. Tuvo que pasar sólo un día para que la nueva maestra se presentara a sustituirla, y al momento en que Sandra (ese era su nombre) cruzó la puerta del salón, Gonzalo pensó estar un sueño, la creyó un ángel, pues era una joven que tenía una maravillosa sonrisa, y junto a la manera tan delicada de cómo caminaba, su mirada cálida y profunda que despedían aquellos sombrosos ojos negros, fueron motivos para que se dijera a él mismo: “Ella es la princesa de mis cuentos”.

Conforme pasaron los días, ese niño más que sentirse obligado ir a la escuela, asistía por el deseo de ver a su profesora, trataba siempre que ella lo felicitara, ponía atención a sus explicaciones y se esforzaba para ser el primero en terminar sus trabajos, a cambio de todo su esfuerzo, su maestra lo premiaba con una palmada en el hombro, unas felicitaciones y un gesto de cariño, y aunque todo eso parecía insignificante, esas eran las razones por las que Gonzalo empezó a sentir cariño hacía ella. Por las tardes, realizaba sus tareas y cuando llegaba la noche, se le hacia una eternidad en poder ver, a su profesora favorita.

El tiempo pasó, y Gonzalo ya no parecía ser el mismo, dejó de jugar, dejó de ver la televisión, incluso dejó de leer esas historias que tanto le gustaban, lo único que quería, era, estar a lado de su profesora favorita.

Una mañana, yendo en camino a su colegio, observó una rosa en un pequeño jardín, y pensó que era el regalo perfecto para ella, ya no más manzanas ni buenos días, una rosa, una rosa es lo que ella se merece. Sin pensarlo dos veces entró al jardín, arrancó la rosa y fue de prisa a su escuela, a su salón, a ver, a su profesora favorita, al verla sonriente en la puerta del salón esperando a que los niños llegaran a clase, Gonzalo simplemente corrió a su encuentro y la abrazó.