miércoles, 20 de octubre de 2010

Te quiero desnuda


Desnuda,
Porque así te recibieron los brazos de este mundo.
Desnuda,
Porque mis ojos no han conocido mejor deleite que observarte.
Desnuda,
Porque debajo de esas ropas se esconde tu escultural figura.
Desnuda,
Porque no hay mejor vestimenta que tu virginal piel.
Desnuda,
Porque me encanta observar aquel lunar que tienes en la cintura.
Desnuda,
Porque mis manos ansían acariciar cada sensible parte de ti.
Desnuda,
Porque deseo llenarte de besos y adueñarme de tu cuerpo.
Desnuda,
Porque con mi lengua necesito escribir mi nombre en tu espalda.
Desnuda,
Porque no quiero que nada se interponga en el calor que siento.
Desnuda,
Porque esta noche quiero que seas completamente mía.
Desnúdate.

martes, 19 de octubre de 2010

Placeres solitarios


Puedo saber lo que hiciste con tan sólo respirar tu esencia. Tu aroma te delata, no puedes ocultar lo que pasó. Ven, no te vayas, te diré lo que tu silenciosa presencia me ha confesado. Estabas en tu habitación envuelta entre esas sábanas de terciopelo negro. Con tus manos, poco a poco fuiste tocando tu desnudo cuerpo. Quisiste parar, pero la necesidad de sentirte deseada ganó a tu decorosa moral. Tu femenina figura se fue cubriendo de excitantes caricias.

Tus senos recibieron con lujuria cada roce de tus dedos, y te diste cuenta que su redondez era realmente exquisita, sin imperfecciones. Tus sensibles pezones se endurecieron, y fueron ultrajados al mismo tiempo que tu corazón comenzaba a palpitar cada vez más fuerte. El deleite que sentías cegaba con un luctuoso listón todas aquellas charlas religiosas que zumbaban en tu cabeza. ¿Te sorprende que conozca tu intimidad?; espera, no bajes la mirada.

Para entonces, en tu entrepierna una lluvia de deseo te empapó. La humedad de tu sexo escurría sin cauce alguno. Sin poder detenerte, introdujiste lentamente dos de tus temblorosos dedos. Sus movimientos circulares te volvían loca. Un placer indescriptible te recorrió de pies a cabeza. Un somnoliento cansancio te abrigó, pero ya no podías negar los placeres solitarios de los que fuiste culpable. ¿Pena?, ¿Por qué? Aquellos que te juzgan no son conocidos por sus actividades altruistas.

domingo, 10 de octubre de 2010

Mi profesora favorita [Parte III]


Cuando Gonzalo despertó, el crepúsculo ya asomaba su presencia, las horas se habían pasado rápidamente. Él pensó que sus padres lo castigarían por llegar tarde a su casa, pero no fue así, de hecho, no se habían dado cuenta que estaba fuera, y no era la primera vez que eso sucedía. Al entrar en su habitación, se miró en el espejo y dijo: “¿Por qué no puedo ser más grande? Si tan solo tuviera más años todo cambiaría”, pero tristemente se dio cuenta del crudo presente. Sin más que seguir lamentándose se recostó en su cama, abrazó su almohada y se quedó nuevamente dormido.

El cantico de un ruiseñor lo despertó a la mañana siguiente. En el camino a su escuela parecía encontrarse con dragones y brujas, pero ya nada importaba, no había por qué temer, pues no hay nada más doloroso que el sufrimiento del corazón. Aquel niño lleno de vida quedó atrás, su caminar se volvió lento, su mirada siempre estaba atenta a sus pasos, dejó de preocuparse por él mismo; ni si quiera se peinaba, y su semblante poco a poco fue entristeciendo. Ya no le importaba nada, ni siquiera ella, aquella que fue la inspiración de sus ilusiones y sueños infantiles se convirtió en una fantasía inalcanzable.

Sandra, su maestra, notó los cambios que Gonzalo había empezado a mostrar, la situación del pequeño era tan evidente que incluso llegó a perjudicar su desempeño académico. No entregaba tareas y no hablaba con nadie. Ante tal situación, tuvo que conversar con él, y lo hizo en uno de los tantos recesos en donde todos los niños salían a jugar. Se acercó a su banca, y le dijo: “Hola Gonza”, él no respondió, pero ella continúo insistiendo: “¿Por qué no sales con tus demás compañeritos? Si quieres voy contigo, ven, anda”, pero no obtuvo nuevamente una respuesta, el caballero del pupitre no dijo absolutamente nada, y en la profesora nació un sentimiento de preocupación.

Al terminar la jornada escolar, Gonzalo guardo sus libros en blanco y cargó en su espalda la pesada mochila con la figura de Snoopy, no había salido del salón cuando tropezó y cayó de rodillas al suelo. Torpemente se levantó y siguió su camino, fue entonces que Sandra lo detuvo, y con la gracia que la caracterizaba se agachó y ató las agujetas de esos tenis con luces de colores. Ella le sonrió y el pequeño no pudo soportar aquel dulce rostro que lo miraba. Sus ojos se llenaron de lágrimas y corrió para alejarse de su amada. Su maestra no comprendía realmente qué era lo que sucedía.

Apenas había llegado Gonzalo a su casa cuando de pronto sonó el timbre, ¡Vaya sorpresa!, era ella, si, la profesora favorita de ese niño estaba en la puerta. “Hola Gonza, ¿Está tu mamá o tu papá” – le dijo, y él respondió: “No, no han llegado de trabajar”, “¿Puedo pasar? Quiero hablar contigo”, y tímidamente le dijo que sí. Una charla acerca de la preocupación que Sandra sentía al observar a ese muchachito tan cambiado los entretuvo un gran rato. Una insistencia en saber qué le pasaba cortaba el ambiente. Él no sabía qué hacer, por un lado, podía confesar su amor, pero por el otro, un regaño imaginaba en su infantil cabeza. Con la mirada al suelo, casi temblando, sollozó: “Me he enamorado de usted”.

viernes, 8 de octubre de 2010

Soledad, mi vieja amiga


Sé que prometí jamás volver hablar contigo, mucho menos regresar mi mirada hacia ti, pero es que he vivido tanto en tan poco tiempo, que me es imposible soportar esta terrible agonía por mi propia cuenta. Sabes, he reconocido que siempre has estado aquí para mí, porque aún cuando te he gritado que te largaras de mi presencia, me recibes gozosa con un hermoso beso. Ojalá puedas entenderme, pero debes comprender que la felicidad efímera que se presentó en mi momento más débil me hizo pensar que no eras la mejor compañera, pero hoy me doy cuenta que me encontraba en un error, no sólo eres clemente, sino piadosa de recibir mi frágil espíritu con tu frio y fúnebre abrazo.

Mis días se han convertido en una pesadilla, ya no recuerdo lo que era, me he transformado en una sombra de oscura tristeza, mis ilusiones han sido sepultadas en el santuario que construí para cobijar mis sueños, y mi alma, que sufrió sin contemplaciones, ha sido desgarrada con las afiladas garras del rencor y condenada a los más profundos abismos. He vivido solo y asustado en tantas estaciones, que mis miedos se han convertido en odio, y más odio. No puedo luchar contra esta melancolía. Hasta mis huesos se han empapadado de dolor a causa de atormentantes calambres que sufro en el hombro izquierdo. He decidido esperar, dejar que la tristeza venga y me arrope.

Soledad, mi vieja amiga, estoy aquí nuevamente frente a tus caprichos que tienes preparados para mí. Tu semblante no ha cambiado desde aquel día, tu mirada continúa produciéndome una somnolencia que no puedo evitar, y tus heladas manos, siguen incitándome a llorar cada vez que tocas mi rostro. No imagino la vida sin ti, la cruda realidad me hace recordar que me siento devastado, me siento muerto, siento que no tengo salida, incluso, se me ha olvidado cómo vivir en un mundo donde sencillamente no encajo. Por favor, perdóname, con el paso de los años te darás cuenta que estaré siempre a tu lado.

sábado, 2 de octubre de 2010

2 de Octubre del 68

Hace ya 42 años.
En memoria de los caídos.

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