domingo, 24 de octubre de 2010

La casa de Dios


Se rumoraba que en cada misa de los domingos grandes pecados se confesaban en el convento. Se decía que las religiosas llevaban a cabo encuentros sexuales que las involucraban en pasiones prohibidas, pasiones que eran aliviadas entre ellas o con los curas en turno. Aquellas paredes de concreto encubrían las blasfemias que violaban la pureza de las fingidas seguidoras de la cristiandad. No importaba el castigo, la debilidad de la carne por sentir placer estaba por encima de toda creencia. Nadie en esa vieja comarca podía señalar a las hijas de la perdición. Lo único que tenían presente los pobladores, era que ningún ser humano puede guardar su inocencia para siempre, tarde o temprano el deseo te abraza.

Cada noche sucedía. Por los pasillos un erótico aroma se respiraba en el ambiente. Era una extraña combinación; por un lado, cuerpos siendo ultrajados desesperadamente para saciar los más ardientes instintos y, por el otro, ojos de yeso que derramaban amargas lagrimas de sangre por ser testigos conscientes de esas escenas. Poco a poco el convento dejó de ser el lugar donde se veneraba lo divino, se convirtió en un disfrazado burdel donde la ingesta de carne femenina era la principal práctica. Los hábitos largos y de color sombrío fueron cambiados por precarias prendas de color vivo. Se cambió la oración nocturna por las excitantes caricias de la lujuria, y los votos de castidad que una vez fueron jurados quedaron en el olvido.

Ahora ellas andan silenciosas, acechando a la presa; una rebaño de ovejas disfrazadas de salvajes depredadores. Lo que anhelan es la unión de sus cuerpos, lo que desean es el éxtasis del sexo, no importa de quién venga. Se han transformado en prisioneras de sus propios cuerpos. No hay cordura, no existe la voluntad de la razón. Las cadenas de la perdición fue su castigo, pobres de esas almas que caigan en sus afiladas garras. La nueva Gomorra ha renacido. ¿Por qué leer pasajes bíblicos si puedes sentir el fuego vivo de la realidad? Todo lo que debes hacer es penetrar las puertas de lo que un día recibió el nombre de “Casa de Dios”.